PARA PENSAR: EL REEMPLAZO DE CRISTINA y BOUDOU

http://site.informadorpublico.com/?p=12197  /  mayo 30, 2012

 

Hace tiempo, y lo reiteramos días atrás, hablamos de la posibilidad de una intervención de los gobernadores para salir del atolladero en que el kirchnerismo colocó a la Argentina. Hoy volvemos a insistir sobre el tema, pero con un carácter de mayor urgencia, atento a que el escenario político e institucional se agravó a la luz de lo que sería una alteración del ánimo de la Presidente, la confusión en que se desenvuelve la sociedad y lo que se muestra como una severa complicación en la marcha de la economía. En el horizonte se vislumbran tensiones sociales que amenazan violencia, en tanto otros aspectos de la vida diaria, como la inseguridad, la prepotencia y la intervención de sectores rentados que sin antecedentes políticos intervienen en la toma de decisiones sin haber sido elegidos, alteran seriamente la tranquilidad cotidiana, ya bastante vapuleada. Replanteos ideológicos que falsean la historia, presiones sobre la Justicia, prevaricación de jueces, medidas de control sobre las personas, impedimentos para viajar que generan la sensación de estar encerrados dentro de las fronteras, son factores que aceleraron sondeos que tuvieron como partícipes principales a varios gobernadores que iniciaron consultas que se aceleraron a partir del papelón del viaje a Angola preparado por el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno y que, ahora se sabe, guardó relación con la incautación de YPF y las severas consecuencias de esta medida.

Antes de entrar de lleno en el tema central de lo que será una cuestión puntual en el futuro cercano de la República, debemos señalar que la visita presidencial y su comitiva a Luanda tuvo un inicio y un final poco feliz. Apenas se produjo la primera reunión de Cristina Fernández con el dictador africano Dos Santos, la conversación giró en torno de la condición de petroleros de ambos países, circunstancia que abrió la propuesta de aunar esfuerzos empresarios en la materia. Dos Santos se manifestó de acuerdo, pero observó que del tema debían participar quienes operaban por su país y ante la consiguiente pregunta de Cristina, la respuesta cayó como un mazazo: “se trata de Repsol”. En medio de un espeso silencio, la cara de asombro de Cristina sólo fue comparable a la de Héctor Timerman quien, en su carácter de ministro de Relaciones Exteriores, era el responsable formal de la misión que piloteaba Moreno. Ignoramos cómo se salió de la embarazosa situación, pero el hecho es que luego, y previo al candombe y las ponderaciones a las mujeres guerrilleras que respaldaron al gobierno revolucionario y originariamente marxista de los dueños de casa, la Presidente optó por echarlo a Timerman del gobierno, medida que ya en Buenos Aires, se suspendió “para no darle el gusto a Clarín”.

La opereta -¿cómo calificarla de otra forma?- fue determinante para iniciar el enojo con Axel Kicillof, cuyas acciones cayeron verticalmente al no poder concretar los éxitos financieros que había prometido a partir de la incautación de YPF y el ingreso de La Cámpora en importantes sectores de su administración. Fue entonces que la necesidad de contar con divisas para equilibrar el déficit fiscal, atender las próximas deudas externas por miles de millones de dólares y proseguir con la política de los llamados subsidios sociales, desataron las medidas prohibitivas que todos conocemos y que alteran seriamente la actividad económica y productiva del país. Frente a esta realidad, la estabilidad emocional de Cristina registró una nueva caída y apuró las conversaciones que más concretamente habían mantenido Scioli con el cordobés Juan Manuel de la Sota. Éstos comenzaron a cerrar el intercambio de opiniones de las que en distintas oportunidades habían mantenido Mauricio Macri con el santafecino Antonio Bonfatti y los cuatro entre sí. Obviamente, debieron darse otras consultas concurrentes a buscar una salida lo más rápidamente posible, en tanto la intranquilidad social, el enojo de los distintos sectores que preanuncian una contenida violencia, la inseguridad rebalsada y que se intentaría contener con un marcado refuerzo de hombres y elementos técnicos para la Gendarmería Nacional, se manifiestan insuficientes si no se modifican y reencauzan los Códigos que modificó el kirchnerismo. Esto demuestra que la Casa Rosada está seriamente temerosa de lo que pueda ocurrir de aquí en adelante, en tanto se profundiza la desconfianza oficial en las distintas policías que, por sus mismas funciones, están muy al tanto de lo que sucede en la psicología popular. La Federal y la Bonaerense ocupan el primer lugar en esa desconfianza.

Ya lo dijimos hace muy poco. Si Cristina llegara a renunciar, es obvio que no puede ser reemplazada por el desprestigiado Amado Boudou, ya al borde de un juicio que lo podrá llevar a prisión y a quien, como una señal de la imagen de corrupción que despierta, debe soportar que un periodista como nuestro amigo Asís lo llame -no sin un cierto tono que podríamos llamar cariñoso o comprensivo de su incompetencia hasta para hacer negociados- el “motochorro” que dirige el Senado de la Nación.

A todo esto, las provincias han comenzado a emitir moneda para pagar sueldos y a proveedores, tal como sucedió en el derrumbe de comienzos de la década pasada; la inflación avanza incontenible y comienza a perfilarse un escenario institucional que apunta a prontas elecciones para comenzar de nuevo. De todos modos, hay otro tema que persiste en la conciencia de todos y que tiene sus bemoles. Cristina, seguramente alertada por alguno de sus asesores más cercanos, decidió ganar tiempo con una alusión indirecta a su posible salida del juego político, lo que es una señal indicativa de que hay quienes piensan en la cúspide del poder. Seguramente, esos pensamientos pasarán inevitablemente en la posibilidad de negociar una eventual impunidad de la corrupción que caracteriza a los principales actores de este gobierno, que querrán salir indemnes del desmoronamiento moral al que llevaron a la República. Suceda lo que suceda, será la ciudadanía la que deberá imponer, dentro de la ley, la máxima severidad para los culpables. Los gobernadores -al menos la mayor parte de ellos- se percatan de este componente básico y principal de una situación inédita en la Argentina moderna.

Carlos Manuel

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