ZAFARONI Eugenio Raul, EPITAFIO AL PEOR JUEZ DE LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA ARGENTINA

Acabo de recibir esto de Argentina, lo publico desde Chicago, pues aunque parece escrito por un abogado, es simple y claro como para entenderse. No conozco personalmente al remitente, pero no me llego como anonimo. No he dudado en publicarlo, pues ilustra cuando trato de explicar que aunque Argentina es gobernada legalmente, es como si en Chicago Al Capone no hubiese sido puesto fuera de circulacion… (no por ladron y asesino, sino por no pagar impuestos…

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Semanas atrás nos enterábamos que el Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni planeaba dejar la Corte Suprema de Justicia de la Nación antes de fin de año, tras haberla integrado durante once. Obviamente, Zaffaroni no relacionó su salida con el cambio de autoridades nacionales en 2015, que seguramente no será de su agrado, ya que todos o casi todos los posibles candidatos se han manifestado en contra de su curiosa idea de “justicia legítima”.
Los logros personales de Zaffaroni en los últimos treinta años han sido, a no dudarlo, impresionantes. De ser un oscuro camarista y profesor universitario, propulsor de una corriente francamente minoritaria dentro del derecho penal, logró transformarse en el supremo intérprete del Derecho Público en la Argentina. Alfonsín lo nombró en el Consejo para la consolidación de la democracia, desde donde asesoró más o menos informalmente en las reformas de los Códigos procesales realizadas en los años ochenta. Ya durante la época de Menem se acercó al FREPASO, que lo eligió Convencional Constituyente en 1994, allí logró imponer la aprobación a ciegas de todos los Tratados de “derechos humanos” y equipararlos nada menos que a la letra de la constitución, según el nuevo inciso 22 del art 75. Fue el impulsor y primer interventor del INADI, grotesca institución dedicada a la caza de brujas que ha vulgarizado la palabra “discriminación” hasta tornarla ridícula y ha encumbrado personajes como María José Lubertino, Claudio Morgado y María Rachid. Autor de casi toda la parte dogmática de la Constitución de la ciudad, cuyas disposiciones bordean entre el delirio y el absurdo, recaló finalmente en la Corte Suprema, donde durante once años ha ido perdiendo dos cosas en forma paralela: su habilidad retórica y su prestigio intelectual.
Egocéntrico, resentido, pagado de sí mismo, despectivo con las ideas que no comparte, sarcástico y desdeñoso con la opinión pública, Zaffaroni está a años luz de tener una mentalidad democrática. En realidad se asemeja a aquellos “déspotas ilustrados”, que hablaban de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Y ha hecho escuela, toda la justicia y las cátedras universitarias están llenas de hijos espirituales de su pensamiento.
A dos de ellos, los fiscales Alejandro Alagia y Javier de Luca, hemos tenido oportunidad de verlos días pasados defendiendo el último engendro con que Zaffaroni piensa “castigar” a la sociedad argentina, por fascista, clasista, sexista, y probablemente más “istas” que su afiebrada mente le dicte.
Este engendro, el proyecto de Código Penal, fue penosamente defendido por estos dos impresentables funcionarios judiciales, en una presentación en la Feria del Libro. Defendido es un decir, porque sólo hablaron ellos y no se permitió ningún debate posterior, como se hace en cualquier conferencia. Tampoco de invitó a penalistas de una posición opuesta al Proyecto, como Siro de Martini, Héctor Hernández, Carlos Franco, Javier Anzoátegui, Edgardo Donna, entre otros.
Alagia, discípulo predilecto de Zaffaroni al punto de ser coautor de la actualización de su Manual de derecho Penal, dijo barbaridades como: “Creemos que es la oportunidad de disputar una determinada economía del castigo, una cultura punitiva, porque el código vigente es un código conservador, producto de una cultura oligárquica. Rodolfo Moreno fue fundador del Partido Conservador de la provincia de Buenos Aires, aunque el código se sancionó en 1921, durante el gobierno de Yrigoyen. Moreno, y otros que tuvieron influencia en la sanción de ese instrumento legal, pertenecían a una cultura totalmente diferente a la de los últimos 30 años”.
Después de esta magnífica estupidez, porque no se la puede llamar de otra manera, el orgulloso miembro de “Justicia legítima” (¡cómo si hubiera alguna justicia ilegítima!) remató: “Ninguno de ellos era profundamente democrático: creían que la sociedad debía estar jerarquizada entre los que mandan y los que obedecen, entre los que saben y los que no saben. Favorecían una cultura de elite, profundamente antidemocrática (…), la cultura del positivismo y de la oligarquía (que) identificaba al delito con la pobreza, los problemas sociales con la degeneración racista. No solamente era un código fuertemente influenciado por el racismo sino con un neto contenido misógino: era sexista, racista, clasista“.
Quienquiera que tenga un mínimo de conocimiento de Historia política argentina, podrá apreciar si las ridículas apreciaciones de este impresentable funcionario judicial se condicen con la trayectoria del Dr. Rodolfo Moreno, un político del cuál ¡el mismísimo Zaffaroni!, en su manual, habla con el mayor de los respetos (ver páginas 165 y 166, el lento proceso de gestación del Código de 1921).
Pero hay más, a continuación tomó la palabra el Dr. Javier de Luca, también “justiciero legítimo” y con ese típico desdén propio del que sabe hacia el pobre individuo del común, aseveró: “se provee con seguridad jurídica, seguridad económica, seguridad laboral, pleno empleo, oportunidades de tipo económico, sociales, culturales, etcétera; no necesariamente combatiendo la inseguridad”. Y mientras tanto, que nos roben y nos maten por la calle…
Pero lo que sigue entra en el límite de lo absurdo: “Recién la señora del 5º piso acaba de cometer un delito mientras regaba sus plantas, dañando toda la mampostería de los departamentos de abajo”… (…)… se podría interpretar que no había daño por la insignificancia, pero en realidad un hecho así no se castiga porque el juez también riega las plantas de esa manera”. Es decir, cuando hablamos de seguridad o de criminalidad hablamos de criminalidad para pocos, para gente que realiza conductas que no son las conductas que ordinariamente, todos los días, realizan los jueces o los fiscales, no es la criminalidad para uno, para gente como uno”. Es decir, que, para el señor fiscal, un homicidio es un acto criminal sólo porque no lo realizamos en forma cotidiana ni masiva. ¿Y este individuo representa al Estado en un caso criminal?… Por Dios!
En el cierre, ambos remarcaron que el castigo es una solución irracional, una trampa”. Creo que después de escucharlos queda claro que la verdadera “trampa” para la sociedad es la de tener a semejantes personajes en el manejo de algo tan delicado como la justicia y el Derecho penal. Francamente no entendemos como el doctor Federico Pinedo pudo firmar el dictamen de la Comisión que aprobó este Proyecto.
Como vemos, Zaffaroni puede irse tranquilo. Deja su obra maestra en manos de sus fieles discípulos. Está en nosotros como sociedad tolerarlo o rechazarlo porque como decía Burke: “Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”.

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