SS FRANCISCO DUDA ENTRE SU PIEDAD y LA LEALTAD A SUS PREJUCIOS CONTRA EL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO

Diario Río Negro‏  –  EDITORIAL

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Oriente Medio Sin Cristianos  

CRISTIANOS QUEMADOS VIVOS

CRISTIANOS QUEMADOS VIVOS

Al iniciar su papado, Jorge Bergoglio suponía que le sería dado concentrarse en los temas socioeconómicos y éticos que más lo preocupan, como los estragos que a su juicio provocan el consumismo, la exclusión que atribuye al “capitalismo salvaje” y lo que llama la cultura de la indiferencia, pero le tocó liderar la iglesia más poderosa cuando en muchas partes del mundo arrecia una ofensiva despiadada, de características genocidas, contra todas las variantes del cristianismo. Desgraciadamente para los perseguidos, su reacción ante lo que está ocurriendo ha sido ambigua. Por un lado, se aferra al pacifismo afirmando, como hizo días atrás en la habitual homilía navideña “urbi et orbi”, que “con Dios” no habrá “más lugar para el odio y la guerra”. Por el otro, pide al mundo que ponga fin a las atrocidades que están cometiendo bandas terroristas de las que la más notoria es el autoproclamado Estado Islámico, cuyos combatientes ya han perpetrado centenares de masacres en nombre de su credo religioso particular, lo que, huelga decirlo, ha requerido una campaña militar sumamente feroz. Aunque a veces Francisco da a entender que una contraofensiva merecería su aprobación, es tan reacio a asumir una postura decidida que muchos sospechan que, en el caso de que las potencias occidentales optaran por intervenir en serio en Oriente Medio y el norte de África en defensa de las minorías cristianas, sumaría su voz al coro de los acostumbrados a imputar todos los males del planeta al imperialismo norteamericano.

Los cristianos que aún sobreviven en países mayormente musulmanes tienen buenos motivos para sentirse traicionados por sus presuntos correligionarios. Para justificar sus ataques, los resueltos a exterminarlos o, si son “moderados”, expulsarlos de lugares que han sido cristianos desde hace casi dos milenios, los acusan de representar valores occidentales y por lo tanto imperialistas, pero sus hipotéticos aliados se niegan a ayudarlos bajo el pretexto de que sería antidemocrático privilegiar a los integrantes de comunidades religiosas determinadas. Cuando un europeo o norteamericano influyente dice que sería legítimo discriminar a favor de los cristianos o de otras minorías que corren peligro de verse aniquiladas, se ve calificado enseguida de ultraderechista, racista e islamófobo. Si bien parecería que en las últimas semanas las actitudes han comenzado a cambiar, la mayoría de los políticos occidentales sigue resistiéndose a abandonar la idea de que las diferencias religiosas no tengan nada que ver con los conflictos sanguinarios que tantas muertes están ocasionando en buena parte del mundo musulmán. Huelga decir que la negativa de tales dirigentes a reconocer que, fuera de Europa y América del Norte, los cultos religiosos han conservado toda su importancia tradicional y que para muchos aún se trata de una cuestión de vida o muerte se encuentra entre las causas de la pasividad occidental frente al surgimiento de Estado Islámico y docenas de movimientos afines.

Como tantos otros líderes occidentales, el papa Francisco parece creer que la mejor forma de pacificar el convulsionado mundo islámico consistiría en convencer a sus habitantes de que, para todos los demás, sean cristianos, hindúes, budistas, miembros de otros cultos o de ninguno, su eventual afiliación religiosa carece de importancia. Para probarlo, señalan que, con la excepción de algunos gobiernos “derechistas” de Europa oriental, no están dispuestos a dar prioridad a los refugiados cristianos por encima de los musulmanes. Sin embargo, lo que para los occidentales es evidencia de su propia ecuanimidad, para los islamistas y los muchos que simpatizan con ellos es un síntoma de debilidad. Así, pues, lejos de servir para apaciguar a quienes fantasean con librar una guerra santa exitosa contra lo que aún llaman la cristiandad, los intentos de los gobiernos occidentales de permanecer imparciales y pasar por alto la eventual identidad religiosa de quienes proceden de países terriblemente conflictivos les brindan más motivos para redoblar sus ataques contra los bastiones de los infieles en países como Siria e Irak, comenzando, claro está, con los más vulnerables, de los cuales muchos ya han caído. Tal y como están las cosas, aquellos que todavía se mantienen en la región pronto compartirán el mismo destino.

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